El maremoto que viene

Ninguno regresó con vida… Cuantos se marcharon tras el terremoto del 1 de noviembre de 1755 buscando refugio en la Isla de León perecieron bajo las aguas y sus cadáveres nunca aparecieron. Tal vez sigan sepultados bajo los fangos salineros del río Arillo o quizá las corrientes les arrastraron a playas lejanas donde la Santa Caridad daría sepultura a sus cuerpos. Cien, doscientos, cuatrocientos… Nunca sabremos el número exacto de los que perdieron la vida en el intento. Quienes salieron de la ciudad tras el fuerte terremoto que había abatido la cruz que remataba la torre de Santo Domingo y que hizo sonar a su libre albedrío la campanilla del colegio de la Compañía, no tuvieron ninguna oportunidad en medio de aquel camino llano y descubierto que debían recorrer entre las Puertas de Tierra y Camposoto.

Cuando estaban a punto de alcanzar las faldas del cerro de los Mártires, en un lugar conocido como La Alcantarilla donde solían recibirles apostados los guardias de aquel fortín, una ola de varios metros de altura se abalanzó sobre ellos y les barrió a todos sin excepción. Caballos, mulas, carruajes, pertrechos… Eran las once y diez de la mañana cuando aquella columna de espuma impactó contra el arrecife, avanzando sobre la tierra firme hasta unirse con las aguas interiores de la bahía. Desde las murallas de Cádiz les vieron ahogarse sin remedio, porque ni matorrales quedaron donde sujetarse con las manos. Cualquier auxilio habría sido una temeridad inútil, un suicidio.

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Plano en el que se muestra la ubicación del camino del Arrecife y la Alcantarilla.

 

El comerciante inglés Benjamin Bewick no lo podía creer. Desde su mirador había visto cómo una ola de al menos quince metros más alta de lo normal rompía en gigantescos borbotones a unas ocho millas de la ciudad, galopando hacia la costa con la misma energía que un ejército de caballería al encuentro del enemigo en medio de la vorágine de la batalla. Ante esta espectral visión, los centinelas de las garitas abandonaron sus puestos de vigilancia “e hicieron bien”. Pero unos pocos se encontraron con la muerte en los alrededores de la Caleta: pescadores, mariscadores, paseantes y, sobre todo, mujeres y niños. Una cunita de madera apareció flotando entre la marea a los pies del cuadro que hoy recuerda este desastre y que sacudió a todo el orbe.

El mar anegó las huertas de la Viña y del Corralón hasta alcanzar los portones de la Iglesia de la Pastora y la esquina de Porriños, cerca de las escalinatas de San Lorenzo. La garita de los Diablos fue arrancada de un zarpazo y bordeando la Alameda las olas abrieron las puertas del Mar y de Sevilla inundando la gran plaza de San Juan de Dios, el callejón de los negros y la calle Guanteros, hasta llegar a la Aduana. Los gritos, los llantos y las oraciones revistieron de amargura aquel día de Todos los Santos.

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Grabado de la calle de la Palma (Cádiz) durante el maremoto de 1755.

Cuando al día siguiente la ira de la naturaleza se aplacó, solo aprovechando la bajamar se podía salir del perímetro amurallado y alcanzar el continente. Cádiz volvió a ser una isla durante varios días. El camino que habían levantado los romanos dieciocho siglos antes en la época del emperador Augusto y de los Balbos había desaparecido. El basamento fue descarnado y los muros que lo soportaban se quebraron, volcaron, y sus restos quedaron esparcidos entre las arenas. La atalaya de la Torre de Hércules cayó también a los pies de la duna que la sustentaba. El joven Jean Racine, nieto del famoso dramaturgo francés, fue el único cadáver que se encontró, desnudo, un poco más allá de los límites de Torregorda. La fuerza del mar le había arrancado hasta la ropa. Pobre Racine; veintiún años y apenas llevaba unas semanas en Cádiz para iniciar la explotación de unas ubérrimas viñas que había comprado en San Fernando para probar fortuna en el negocio del vino. Sus amigos le trajeron hasta Cádiz y lo depositaron en la cripta de la Iglesia de Santa Cruz, donde le rindieron una emotiva despedida. Se fue sin imaginar que su muerte comenzó a ser también la de su padre, el poeta Louis Racine, quien no pudo superar la pérdida de su amado hijo.

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Restos arqueológicos del antiguo camino del Arrecife, destruido por el maremoto de 1755.

De las demás víctimas ni siquiera sabemos sus nombres; pero la mayoría logró superar esta prueba del destino, aunque solo fuera por mero instinto. Y sus descendientes estamos aquí para sentar cátedra de cómo se puede sobrevivir a un maremoto o ante cualquier otro riesgo natural. Es una cuestión de conocimiento y de fe. Si fuimos capaces de sobrevivir a un maremoto, lo haremos también en el próximo. Y no cabe ninguna duda de que ese día llegará más tarde o más temprano, aunque no existan en la actualidad medios técnicos que nos permitan predecir cuándo la tierra volverá a desgarrarse. En el Golfo de Cádiz y al suroeste del Cabo de San Vicente, las fallas de la tierra se pueden estar cargando de energía y en algún momento, no sabemos si ahora o dentro de cientos de años, esa energía se liberará de la misma forma como lo hizo en 1755. No sabemos cuándo sucederá esto que a muchos nos empieza a inquietar; pero si volviera a ocurrir, que ocurrirá, aquí le estaremos aguardando. Sin miedo. Porque somos supervivientes de la mayor catástrofe que ha sacudido a Europa en tiempos modernos y eso nos convierte en un ejemplo a seguir.

Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó en su resolución del pasado 22 de diciembre de 2015 designar el 5 de noviembre de todos los años como Día Mundial de Concienciación sobre los Tsunamis, la Cofradía de La Palma ya llevaba 260 años conmemorando ese aniversario y bendiciendo las aguas que amenazaron con tragarnos también en un mes de noviembre. Ellos son los que han mantenido la memoria hasta el presente. La Fe en Dios y la filosofía se adelantaron a la ciencia en más de un cuarto de siglo, y ahora estamos todos, ciencia, experiencia y religión, preparados para la siguiente batalla con el mar. En realidad es una relación de amor y recelo la que guardamos los gaditanos con este mar aparentemente apacible que nos rodea. Por eso no es de extrañar que la Casa de Iberoamérica, la Cárcel Vieja, esa cárcel de la que intentaron fugarse desesperadamente los presos al percibir las vibraciones del terremoto, se llenara de público el pasado 26 de octubre para escuchar una larga historia de maremotos que sumerge a Cádiz en la leyenda de la Atlántida.

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Conferencia en el aniversario del Día Mundial de Concienciación sobre los tsunamis, 2016.

Recordando ese momento de indecisión que determina la vida o la muerte, el 1 de noviembre de 2016, a las once y diez de la mañana, en la hora en que muchos inocentes como el pobre Racine dejaron su vida en nuestras playas, tañeron por primera vez en el mundo las campanas de una ciudad en recuerdo del maremoto de 1755 y de las más de 250.000 personas que han sido víctimas de estos desastres durante la década 2005-2015. La Palma, San Antonio, San Pablo, Rosario, San Francisco, Santiago, la Merced, Santo Domingo y Catedral son los campanarios que han sobrevivido al paso del tiempo. Otros muchos están marcados por las heridas de la edad y la falta de un dinero que escasea y que está siendo dedicado íntegramente a los pobres, a los necesitados, a los que no tienen hogar, a los que teniendo hogar no les llega para poner un plato de comida sobre la mesa o a los que teniendo un plato sobre la mesa no les llega para pagar la luz y poder ver el plato. Pero las campanas que han quedado, tocaron. Por encima de nuestras cabezas. En las iglesias de San Pablo y la Merced lo hicieron a mano, a martillazos, porque sus mecanismos eléctricos hace tiempo que dejaron de funcionar. Y todas al unísono nos invitaron a la reflexión sobre un día que derribó el Optimismo, pero que comenzó a poner los cimientos de un mundo resiliente y menos frágil.

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2 comentarios en “El maremoto que viene

  1. Hola José Antonio, Estamos interesados en el libro “El amanecer de un Cádiz desolado,” para incorporarlo a nuestra sección de historia gaditana. Agradeceremos nos indique si tiene condiciones de venta a librerías.

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