La “tragedia” de Duisburg

Las noticias que aparecieron en su momento en la prensa sobre el terrible suceso ocurrido el 24 de julio de 2010 en Duisburg (Alemania), en el que murieron veintiuna personas arrolladas por una avalancha humana durante un macroconcierto al aire libre, dejan claro que los medios de comunicación y la opinión pública en general han acuñado definitivamente un nuevo término a caballo entre el incidente y la catástrofe, que es la «tragedia». La expresión procede de la antigua literatura griega, concretamente del drama, que siempre tiene como transfondo la inútil lucha del ser humano contra el destino individual y colectivo, salpicada de una gran dosis de «hybris» o soberbia. El resultado de todo ello es una fatalidad que aparece en escena en el último momento con la muerte de sus principales actores. Así ocurrió en el Love Parade, un festival musical iniciado en 1989, en un episodio dantesco que se ha ido fraguando lentamente con el tiempo y que nadie fue capaz de evitar.

Muros de hormigón enjaulan al público en el interior del recinto del Love Parade en Duisburg.
Muros de hormigón enjaulan al público en el interior del recinto del Love Parade en Duisburg.

La tragedia se desencadenó a consecuencia de una desmesurada concentración de público en un lugar que, según los primeros indicios, carecía del suficiente espacio físico para albergar a tanta gente, que no reunía las condiciones de seguridad mínimas aceptables, que no contaba con un plan de autoprotección, que no disponía de un dispositivo de emergencias y control proporcional a la afluencia de público y que había obviado todos los supuestos accidentales que podían derivar en una situación de emergencia colectiva. Un millón y medio de personas consumiendo toda clase de sustancias, ya sean prohibidas o no, desde el alcohol al más puro merchandaising, parece ser una razón de peso para cualquier gobierno municipal. Y cuando se impone esta razón, lo demás se convierte en un cruzar de dedos. Ocurre en todas partes, no solo en las grandes discotecas de Asia. Pero el alcalde de Duisburg, Adolf Sauerland, negó la mayor, es decir, su responsabilidad en el siniestro, una postura tan habitual como poco sorprendente en un dirigente político.

Cuando estos sucesos ocurren nadie ostenta el poder; ni los alcaldes, ni los equipos de gobierno ni las superiores autoridades. Me refiero al poder de controlar y regular los actos públicos, al poder de evitar los desastres. Algo de lo mismo ocurrió en el más reciente episodio del Madrid Arena el 1 de noviembre de 2012, en una macrofiesta de Halloween, donde otras cinco jóvenes murieron arrolladas en una estampida humana provocada por el lanzamiento de una bengala en elinterior de este otro recinto cerrado. Los políticos nos quieren hacer creer que el poder lo tienen los organizadores, que la responsabilidad es exclusivamente de ellos, aunque a la hora de la verdad para poner un puesto de frutas en la calle exijan el permiso de venta ambulante, el de ocupación de la vía pública, el de manipulación de alimentos, el de sanidad, el de autónomo… Pero para reunir a un millón de clientes no existen obstáculos. Es mejor dejar al empresario que se organice solo. Lo importante es el negocio.

A hechos consumados, en el caso de Duisburg la policía y los bomberos empezaron a filtrar a la prensa la existencia de informes internos que trataban de impedir lo que al parecer todos preludiaban. Pero sus advertencias escritas no tuvieron utilidad alguna, salvo para esquivar su parte de culpa al grito de sálvese quien pueda. Los que estaban fuera del ámbito de la Administración —organizaciones profesionales, periodistas y expertos—, que no dispusieron a tiempo de los documentos que más tarde exhibieron estos cuerpos, tampoco tuvieron oportunidad de evitarlo mediante la denuncia pública. Y ante el desconocimiento de estos y el mutismo disciplinado de aquellos, llegó el turno de los complacientes, el de quienes contando con toda la información sobre su mesa no quisieron contravenir al Alcalde, o a sus intereses políticos o partidistas, en su empeño de celebrar un evento donde no podía ser de ninguna manera. Los complacientes son el coro que canta y baila en la «párodos» de cualquier tragedia: el concejal de fiestas, el concejal de seguridad ciudadana y protección civil, el primer teniente de alcalde, inspectores, jefes de servicios, áreas, departamentos, puestos de libre designación… Los complacientes son los que tratan de hacer posible lo imposible, por los medios que sea, saltándose sus propias reglas si hace falta. Los complacientes son aquellos que por prevalecer en un puesto de confianza buscan un informe para tapar otro, contando con que lo que no sale bien acaba difuminándose o prescribiendo; aquellos que no tienen escrúpulos en justificar una aglomeración de decenas de miles de personas en un pueblo diminuto, sin infraestructuras, sin hospitales cercanos ni carreteras amplias y rápidas que permitan una evacuación inmediata, como ha ocurrido en algunos puntos de España de nuestro pasado reciente.

Entiendo que la percepción de la sociedad sobre los acontecimientos de Duisburg no sea la de una catástrofe, a pesar del impacto social causado a nivel internacional, a pesar de tratarse de un suceso extraordinario e incontrolado (no incontrolable), de su origen súbito y espontáneo, de haber saturado a los servicios de emergencia ordinarios. No es «catástrofe» precisamente la palabra que más se escuchó en esos días. Pero dejémoslo en «tragedia» con matices. Porque la soberbia de un alcalde no puede marcar los destinos humanos, ni éste puede aferrarse a la fatalidad cuando de él y de su corte de complacientes emana el poder.

Anuncios