El informe Buncefield

El 11 de diciembre de 2008, justo el día en que se conmemoraba el tercer aniversario del accidente industrial que calcinó la planta de almacenamiento y distribución de combustibles de Buncefield (Inglaterra), la comisión independiente creada al efecto de estudiar a fondo las causas y consecuencias derivadas del suceso hizo público sus resultados en un informe dividido en tres volúmenes y poco más de quinientas páginas que aportan una serie de conclusiones de notable interés para la prevención y planificación de este tipo de riesgos, cuyo precedente más conocido acaeció en Flixborough el 1 de junio de 1974.

El domingo 11 de diciembre de 2005, a las 06:01:32 de la mañana, hora local (+1 GMT), los habitantes de Hemel Hempstead, localidad del condado de Hertfordshire situada a unos 4,8 km del depósito de combustibles de Buncefield, sintieron una violentísima explosión que rompió numerosos cristales de ventanas y provocó algunas reacciones de pánico y ansiedad entre la población. Inmediatamente después, unas pavorosas llamaradas se elevaban hacia el nordeste por encima de la planta de hidrocarburos generando una descomunal columna de humo negro que poco a poco se iría extendiendo por todo el sur de Gran Bretaña hasta las costas situadas al otro lado del Canal de la Mancha. Fue la primera explosión, pero no la única, ya que el fenómeno estuvo seguido de una cadena de explosiones menores difícilmente explicables en el caso de explosiones de vapor no-confinadas, como es el ejemplo de Buncefield. Aunque no hubo víctimas mortales que lamentar, a pesar de la aparatosidad del siniestro, los efectos derivados de las explosiones y del incendio posterior ocasionaron 43 heridos, la evacuación de 2.000 personas, cuantiosos daños materiales sobre la propiedad pública y privada, la destrucción de varias casas muy próximas a la instalación y unas pérdidas económicas valoradas en 894 millones de libras esterlinas o, lo que es lo mismo, 963 millones de euros.

La planta de Buncefield

Buncefield era la quinta planta de combustibles con mayor capacidad de las 108 con que contaba el Reino Unido en el momento del desastre. Había sido construida en 1967 y por tanto tenía casi cuarenta años de antigüedad. Por entonces, el terreno en el que se asentaba la industria química se hallaba en un entorno prácticamente deshabitado, con muy pocos edificios cercanos y ninguna superficie comercial ni industrial en las inmediaciones. Pero los nuevos yacimientos de empleo y de riqueza de este tipo atraen a los inversores, a la industria auxiliar y a la población, lo que conlleva habitualmente a la recalificación del suelo y a convertir un área despoblada en lugar de asentamiento de negocios y viviendas, que en el caso de Hemel Hempstead, como en otros muchos que podríamos encontrar en la geografía española y en cualquier otro país, llegaron hasta las mismas puertas de la factoría. Claro que ni entonces ni antes del episodio de Buncefield las autoridades competentes habían tenido en cuenta la adecuación del planeamiento urbanístico municipal a la probabilidad de generación de unas explosiones tan violentas al aire libre por la existencia de depósitos de almacenamiento de sustancias inflamables tan cerca de una ciudad.

Ubicación de la planta
Ubicación de las zonas residenciales y del polígono industrial Maylands en el entorno de la planta de Buncefield

Allí operaban las empresas BP, Shell, Total o Chevron a través de consorcios como la Hertfordshire Oil Storage Ltd o la British Pipeline Agency Ltd. Entre todas ellas repartían más de dos millones de toneladas métricas de combustibles en unas 400 cargas diarias de camiones cisterna. Sólo al aeropuerto londinense de Heathrow eran inyectados cada día 21 millones de litros de sus depósitos, es decir, la mitad del consumo diario destinado a los aviones que repostaban en él. También suministraban al aeropuerto de Gatwick. Obviamente, tales cantidades de distribución requerían un aprovisionamiento continuo y elevado, que Buncefield recibía a través de una red de tuberías enlazadas con las refinerías de Lindsey, al norte, Mersey, al noroeste, y Thames, al este. Este volumen de trasiego de sustancias peligrosas exigía la aplicación de unas estrictas medidas de seguridad para impedir el sobrellenado de los tanques, la fuga de líquidos y la generación de atmósferas explosivas. Y para ello contaban con una docena de los conocidos «cubetos» o fosos amurallados, independientes para cada compañía operadora y para cada tipo de combustible contenido en sus grupos de tanques.

Ubicación de los edificios comerciales y situación de las dos explosiones confinadas que pudieron iniciar la cadena de deflagraciones.
Ubicación de los edificios comerciales y situación de las dos explosiones confinadas que pudieron iniciar la cadena de deflagraciones.

El accidente

En la tarde del sábado anterior al incendio se abrió la línea de bombeo procedente de Thames con el fin de llenar de gasolina sin plomo el tanque 912 del cubeto A, formado por tres grandes tanques en línea, los más próximos al polígono industrial de Maylands, sede de importantes empresas y complejos emblemáticos como los edificios Fuji, Northgate, 3-Com, RO, Keystone House y Catherine House. Tras varias horas de operación efectuada a un caudal de 890 m3/hora, los sistemas automáticos que debían detener la entrada del flujo al alcanzar el nivel máximo no funcionaron, provocando un sobrellenado que se concretó en la fuga masiva y en cascada del producto por las paredes del tanque, formándose una laguna inflamable en la base del cubeto. Pero el sobrellenado prosiguió durante media hora más. Nada ni nadie se apercibió de la pérdida.

Imagen con el cubeto A y el tanque 912. Se ha sombreado la zona cubierta por la nube inflamable.
Imagen con el cubeto A y el tanque 912. Se ha sombreado la zona cubierta por la nube inflamable.

Era invierno, y las más de 300 t de gasolina que rebosaron contenían un 10% de gas butano (n-butano) con el que se enriquece la mezcla del hidrocarburo en esa estación del año para el mejor rendimiento de los motores de combustión. El butano, en contacto con el aire frío y húmedo de la noche, comenzó a evaporarse rápidamente formando una nube altamente inflamable que fue cubriendo como un manto de niebla a baja altura toda la superficie de la instalación en dirección hacia el oeste, hasta llegar a las inmediaciones del polígono colindante y a sus zonas de aparcamiento de vehículos. Las cámaras de seguridad fueron testigos de excepción de la invasión de este gas. A las 05:30 (04:30 GMT) se inició la fuga de combustible y a las 05:53 el aerosol de butano ya circundaba por completo el Northgate Building, situado a 120 m del tanque causante del accidente.

Los investigadores sitúan la explosión principal en la zona de aparcamientos del polígono Maylands, donde los gases emanados debieron encontrar con facilidad un punto caliente de ignición dentro de los índices de inflamabilidad en la proporción oxígeno-butano. De hecho, las evidencias físicas marcadas por las deflagraciones en árboles, vehículos y edificios apuntan con un elevado grado de certeza que la explosión inicial se produjo dentro del espacio confinado de la cabina de un generador de emergencia situado frente a la fachada sur del Northgate Building. Las llamaradas o flash fires se orientaron entonces hacia el origen de los gases, provocando una segunda explosión en la estación de bombeo de emergencia situada en el ángulo noroeste de la planta y envolviendo a continuación a unos 23 tanques de almacenamiento, lo que causó explosiones secundarias, algunas importantes como la del tanque 910, que se encontraba vacío y cuyo techo flotante voló a bastantes metros de distancia.

Estado en que quedó la planta de Buncefield.
Estado en que quedó la planta de Buncefield.

Se necesitaron 1.000 bomberos y 32 horas consecutivas de trabajo para controlar la situación y cinco días en total hasta extinguir los últimos rescoldos. Se emplearon 750.000 litros de espuma y 55 millones de litros de agua, lo que puede dar una idea aproximada a cualquier profano en la materia de la intensidad que cobraron las llamas. A pesar de ello, los efectos negativos sobre la salud de la población o de los propios intervinientes expuestos a las emanaciones de la pluma de humo no fueron graves. Su rápida elevación y dispersión en el aire, favorecida por la estabilidad climatológica y la ausencia de lluvia, evitó también daños mayores al medio ambiente, a pesar de haber sobrevolado varias regiones francesas y llegar hasta la cornisa cantábrica, desde el País Vasco hasta Galicia, en una mixtura muy diluida de cenizas de carbón y partículas de hidrocarburo.

En Canvey Island, en el estuario del Támesis, se observa la peligrosa proximidad de un aparcamiento de autocaravanas a una planta de almacenamiento de hidrocarburos.
En Canvey Island, en el estuario del Támesis, se observa la peligrosa proximidad de un aparcamiento de autocaravanas a una planta de almacenamiento de hidrocarburos.

La investigación del MIIB

Las extraordinarias consecuencias del suceso llevaron al gobierno del Reino Unido, a través de la Comisión de Salud y Seguridad, a la creación del Major Incident Investigation Board (MIIB), un consejo independiente de expertos cuya misión era la de investigar y aclarar las especiales circunstancias que causaron y favorecieron los hechos. La formación de este Consejo no tenía precedentes conocidos, al menos en el Reino Unido, y suponía un importante desafío para sus miembros, ya que se pretendía evitar cualquier influencia de las partes implicadas a lo largo de todo el proceso que duró la investigación y que se ha prolongado por espacio de tres años. Sus líneas fundamentales de trabajo han sido:

  1. El diseño y operación de las instalaciones de almacenamiento de combustible.
  2. La preparación y respuesta de los servicios de emergencia ante este tipo de incidentes.
  3. El asesoramiento a las autoridades encargadas de la planificación del suelo.
  4. El estudio de la normativa nacional que regulaba las actividades de Buncefield.
  5. Un trabajo de fondo que llevara a comprender el mecanismo real que pudo generar las tan inesperadamente altas sobrepresiones explosivas.

El estudio fue verdaderamente sistemático y digno de encomio, todo un ejemplo de transparencia que aporta al campo de la Protección Civil una fuente de información que debemos aprovechar para la planificación de emergencias y, a otros niveles, una doctrina que tiene que volcarse necesariamente en la regulación de las actividades del sector químico y en los planes generales de ordenación urbanística, que eviten en un futuro casos como este de Buncefield, pues estos son sin duda los dos puntos fuertes de la investigación llevada a cabo por el MIIB, es decir, los puntos 3 y 5. Por una parte buscaban una explicación razonable que determinase cómo pudieron alcanzarse tan tremendas sobrepresiones en espacios no-confinados o abiertos, y por otra, se centraban en la necesidad de equilibrio entre la planificación urbanística —casi siempre en manos de las autoridades políticas municipales—, la obligación del Estado de garantizar la protección pública y la dependencia del desarrollo económico, mayoritariamente favorecido por la iniciativa privada.

En West Turrock, en la ruta del oleoducto Thames/Kingsbury, se repite una situación similar a la de Buncefield.
En West Turrock, en la ruta del oleoducto Thames/Kingsbury, se repite una situación similar a la de Buncefield.

Explosiones en espacios no confinados

Aunque llamamos «explosiones de nube de vapor no confinada» (UVCE) a las deflagraciones explosivas de una nube de gas inflamable en amplios espacios abiertos, no todos los espacios al aire libre están exentos de un cierto grado de confinamiento debido a los posibles obstáculos presentes en el terreno como muros, objetos, edificaciones, vehículos, etc., que entorpecen y desvían la propagación de la onda de choque. Y en efecto en Buncefield, la violenta reacción de la nube de gas y la severidad de las explosiones han dado lugar a un replanteamiento de este tipo de escenarios accidentales en la industria química.

En lo que se considera el punto de ignición se llegaron a alcanzar sorprendentemente los 1.000 mbar de presión, cifra que se aleja mucho de los 20-50 mbar predecibles en el entorno ambiente en que se produjo la deflagración inicial. Esto impulsó al MIIB a convocar a un equipo de expertos del mundo académico y de la industria (Advisory Group) para que realizaran un estudio profundo sobre el caso, que comenzó sus indagaciones en diciembre de 2006. Sus conclusiones, sin ser definitivas, quedaron ampliamente reseñadas en el Informe Buncefield. Una de ellas, tal vez la más importante, fue que la gran área ocupada por la longitud de la llama sumado a la elevada turbulencia y velocidad de la deflagración, incrementaron enormemente las proporciones de la combustión. La llamarada alcanzó una aceleración máxima en torno a los 400 m/s, lo que creó una sobrepresión en el frente de llama que comprimió contra los obstáculos la mezcla aún no quemada existente al otro lado del flash fire, generando nuevas turbulencias y sobrepresiones que siguieron alimentando el proceso. Pero aun sustentándose en esta tesis, el Advisory Group recomendaba el inicio de un proyecto conjunto para una investigación más profunda, experimental y teórica, acerca del mecanismo que fue capaz de generar tan sorprendentes explosiones.

La planificación del suelo

La segunda gran enseñanza de la catástrofe de Buncefield ha sido sin duda la relacionada con el hecho de que una instalación peligrosa haya podido ser casi abrazada por una expansión urbanística poco sostenible como probablemente innecesaria . Ahora queda demostrado lo que antes intuíamos y es que la probabilidad de una explosión violenta no es tan inverosímil en el exterior de una planta de almacenamiento de combustibles como hasta ahora se pensaba. A la vista de ello, el MIIB deja bien claro que la planificación urbanística que compete a una determinada administración no puede ignorar la peligrosidad de determinadas actividades industriales radicadas en su ámbito territorial sino conducirse de manera consecuente con esa realidad. Hechos como este imponen la obligación de procurar el equilibrio entre la protección pública y el desarrollo tecnológico. No es cuestión de estar abiertos o aceptar simplemente el asesoramiento de los especialistas ante la toma de decisiones al respecto sino requerir ese asesoramiento y tomarlo en consideración antes de emprender una modificación sobre el uso y ocupación del suelo. La propuesta, que debería convertirse en algo más que un mero consejo a nivel mundial, es que los titulares de las instalaciones de riesgo y los responsables de los servicios de emergencia jueguen un papel importante en los órganos de decisión de la administración pública en torno al desarrollo e implantación del planeamiento urbanístico. No siendo bastante con eso, por delante queda una labor apremiante de revisión de la situación actual en panoramas similares como el de Buncefield.

En España también encontramos ejemplos como la refinería de Guadarranque con respecto a la población de Puente Mayorga.
En España también encontramos ejemplos como la refinería de Guadarranque con respecto a la población de Puente Mayorga.
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