Huellas sísmicas en la Merga (Ubrique)

El 27 de noviembre de 2011 realicé una encantadora ruta senderista que, partiendo de la localidad gaditana de Ubrique, ascendía hasta la nava de la Merga y el puerto de Aguas Nuevas, en Benaocaz, para descender luego al punto inicial de partida por la calzada romana que desciende paralela al río Ubrique.

Después de llevar tantos años ligado a la gestión de emergencias y en particular a los riesgos naturales, los paisajes kársticos como éste se convierten en una especie de enciclopedia natural sobre geología y sismicidad. Durante el ascenso a la Merga —nombre que toma la pared de una falla que impresiona por sus 90 metros de escarpe— ya se podían observar preciosas formaciones de lapiaces o, mejor dicho, microlapiaces, que son pequeños surcos lineales marcados en la roca caliza por la erosión provocada por impacto de las gotas de lluvia y su deslizamiento continuo sobre la superficie.

Lapiaces

La caliza no es soluble en agua, pero cuando entra en contacto con el ácido carbónico fruto de la mezcla del agua de lluvia con el anhídrico carbónico presente en el aire ambiente se convierte en un material soluble y, por tanto, se desgasta, creando formaciones realmente curiosas y atractivas.

Un poco más arriba del camino se llega a la Merga, ese sorprendente plano de falla del que hablaba al principio. Aquí nos encontramos con una falla “normal”, con un formidable buzamiento (ángulo de inclinación), prácticamente vertical, donde el bloque de techo se ha hundido dejando unos grandes canchales en los que se han acumulado cantidades considerables de derrubios o, para hacerlo terminológicamente más llano, “escombreras” de rocas calizas.

Falla de la Merga (Ubrique)Los “arañazos” que han quedado marcados en la enorme pared de la Merga son claros indicios del desgarre generado por el deslizamiento de los dos planos de la falla, dejando a la vista las tonalidades rojizas de la arcilla que todavía no ha sido arrastrada hasta el valle por influencia de la lluvia. Parece obvio que esta formación rocosa tuvo lugar en la orogénesis, aunque los terremotos no son infrecuentes en la proximidades de Ubrique.

Y por último están las diaclasas, que son las fisuras y grietas que afloran en la inmensa pared, que imitan a las fallas, pero que no han sufrido desplazamiento de un plano respecto del otro. Las diaclasas que se observan en la siguiente foto tienen una dirección horizontal.

Diaclasas

En definitiva, ha sido una experiencia muy instructiva que me ha aproximado más aún a los fenómenos naturales y a los riesgos que éstos comportan para el género humano.

El libro “Apocalypse”, de Amos Nur

A los profesionales de emergencias a los que les guste especialmente, como a mí me sucede, todo lo relacionado con los riesgos naturales les recomiendo el libro de Amos Nur “Apocalypse: Earthquakes, Archaeology and the Wrath of God”, escrito en 2008 y publicado exclusivamente en lengua inglesa.

Es un trabajo realmente sorprendente que gira sobre una pregunta central: ¿muchas de las ciudades de la Antigüedad fueron demolidas e incendiadas por guerreros invasores, o fueron tal vez víctimas de destructores terremotos? Es una cuestión bien planteada, ya que después de un fuerte terremoto es habitual la generación de incendios, principalmente en el interior de los edificios. Uno de los casos más extremos fue quizá el terremoto de Kanto (Japón), en 1923.

En mis tiempos de carrera universitaria se hablaba mucho de los terribles “Pueblos del Mar”, que se dedicaron a destruir palacios minoicos y micénicos para luego saquearlos y abandonarlos sin llegar a ocuparlos en ninguna ocasión. Entonces me hacía la misma pregunta que Nur: “¿Para qué destruir los palacios hasta sus cimientos? ¿Para qué malgastar tanto tiempo y esfuerzo? ¿No bastaba con expoliarlos? ¿Adónde irían tan cargados? Si vinieron del mar, ¿por qué no sabemos nada de los barcos que los transportaron desde sus lugares de origen hasta el destino de sus saqueos?”.

Arthur Evans (1851-1941) ya sospechaba que el palacio cretense de Cnoso podía haber sido destruido por un terremoto alrededor de 1659 a.C. Otros casos posibles son: Qumran, en el Mar Muerto, hacia el 31 a.C; Petra, Jordania, en el 363 d.C.; Kurión, Chipre, 670 d.C.; Susita y Bet Shean, junto al Mar de Galilea, en el 749 d.C. ¿Fueron las murallas de Jericó derruidas por unas trompetas, o fueron resultado de un movimiento sísmico?

Pero lo que más me gusta del libro es su reflexión final;

“…la gente que vive en una zona sísmica tienden todavía a ignorar el riesgo. Incluso aquellos que saben que los terremotos en efecto suponen un peligro, parecen pensar que la catástrofe podrá esperar hasta que se puedan tomas las medidas de preparación que se han estado posponiendo. Quizá piensen que los seísmos son el menor de sus problemas y que estos podrían no ocurrir mientras se preocupan de sus guerras, sus sequías, sus divorcios o sus vacaciones”.

Lectura recomendable y realmente fascinante.

Palacio de Cnossos
Cnoso, destruida por un terremoto en el 1.650 a.C.
Cnoso, destruida por un terremoto en el 1.650 a.C.